el camino

"¿Adónde te crees que vas
Y de dónde crees que vienes?"
Preguntaba el viejo al verme marchar
Muerto de hambre y sed
"Si no tienes rumbo
Chico, estás perdido"
Yo le respondí "voy hacia el sol
Y vengo del camino"

viernes, 28 de agosto de 2009

WABI SABI

Wabi-Sabi: belleza de lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto.

Wabi-Sabi es un concepto japonés que hace referencia a la belleza de lo imperfecto, lo impermanente y lo incompleto.

Nada es perfecto en la naturaleza, al menos en el sentido geométrico-euclidiano en que lo concibe occidente. Nada es impermanente porque todo está en proceso, todo en la vida nace o muere. Y nada es completo porque si lo fuera, sería perfecto y permanente, porque la completitud no existe en la naturaleza; es sólo una abstracción ideada por el hombre.

Esta estética, surgida alrededor de la vieja ceremonia del té, tiene mucho de melancólico y otoñal. Es la estética de los objetos que envejecen con el uso, que están hechos de materiales orgánicos, que tienen vida propia.

Wabi-Sabi es la madera, el metal oxidado, el cáñamo, la tela cruda, la cerámica...

comparando el Wabi-Sabi y la "estética modernista" nacida en Europa con la Bauhaus y reivindicada por la Escuela de Ulm (encarnada en la Braun):

    Similitudes:

  • las dos se refieren a cualquier objeto, espacio o diseño creado por el hombre
  • las dos surgen como reacciones contundentes contra las sensibilidades establecidas. El modernismo surge contra el eclecticismo y el clasicismo del s. XIX; el Wabi-Sabi surge por oposición al perfeccionismo chino del s. XVI
  • las dos evitan cualquier ornamentación que no es consustancial a la estructura.
  • ambas son representaciones abstractas de la belleza
  • ambas son claramente identificables por las superficies de sus objetos: el modernismo es pulido, limpio y regular; el Wabi-Sabi es rugoso, imperfecto y crudo.


    Principales diferencias:

  • El modernismo implica una visión del mundo racional, el Wabi-Sabi propone una visión intuitiva.
  • El modernismo propone principios absolutos; el Wabi-Sabi los propone relativos.
  • El modernismo busca productos fabricables en serie, reproducciones exaxctas; el Wabi-Sabi produce objetos únicos y artesanales.
  • El modernismo expresa su fe en el progreso y mira al futuro; para el Wabi-Sabi no hay progreso ni futuro.
  • El modernismo se basa en la organización geométrica de la forma; el Wabi-Sabi se basa en la forma orgánica.
  • El modernismo usa materiales artificiales; el Wabi-Sabi usa materiales naturales.
  • El modernismo se expresa desde la pureza; en el Wabi-Sabi la corrosión y la degradación enriquecen la expresión.
  • El modernismo es luminoso y brillante; el Wabi-Sabi es oscuro y mate.
  • etc.
NATURALEZA DEL WABI SABI

Tres de las lecciones más obvias se destilaron después de milenios de contacto con la naturaleza (estimuladas con el pensamiento taoísta) y fueron incorporadas a la sabiduría del WABI SABI.


1. Todas las cosas son mudables. La tendencia hacia la nada es implacable y universal. Incluso cosas que tienen todas las características de la sustancia -cosas que son duras, inertes, sólidas- no ofrecen más que una "ilusión" de permanencia. Podemos cerrar los ojos, utilizar argucias para olvidar, ignorar o fingir, pero finalmente todo acaba en la nada. Todo se gasta. Los planetas y las estrellas, e incluso las cosas intangibles como la reputación, la herencia familiar, la memoria histórica, los teoremas científicos, las pruebas matemáticas, las bellas artes y la literatura (incluso en su forma digital): a la larga, todos se desvanecen en el olvido y la no existencia.

2. Todas las cosas son imperfectas. Nada de lo que existe está libre de imperfecciones. Cuando miramos realmente de cerca las cosas vemos sus defectos. El afilado filo de una cuchilla, cuando se amplía, revela agujeros microscópicos, astillas y desconchados. Cada artesano conoce los límites de la perfección: las imperfecciones saltan a la vista. Y cuando las cosas empiezan estropearse y se acercan a su estado primordial, se vuelven incluso menos perfectas, mas irregulares.

3. Todas las cosas son incompletas. Todas las cosas, incluso el universo mismo, están en un estado constante, perpetuo de transformación o de disolución. A menudo señalamos arbitrariamente momentos, puntos a lo largo del camino, como "acabados" y "completos". ¿Pero cuando llega finalmente a completarse el destino de algo? ¿Está la planta completa cuando florece? ¿Cuándo se convierte en semilla? ¿Cuando la semilla germina? ¿Cuando todo se convierte en abono? La noción de conclusión no tiene cabida en el WABI SABI.

La "grandeza" existe en los detalles desconocidos y desapercibidos
El WABI SABI representa exactamente lo opuesto a los ideales occidentales de gran belleza como algo monumental, espectacular y duradero. El WABI SABI no se encuentra en momentos de eclosión y exuberancia de la naturaleza, sino en momentos de asentamiento y principio. El WABI SABI no trata de flores maravillosas, árboles majestuosos, o escarpados paisajes. El WABI SABI es lo intrascendente y lo oculto, lo provisional y lo efímero: cosas tan sutiles y evanescente es que resultan invisibles para la mirada ordinaria.
Al igual que la medicina homeopática, la esencia del WABI SABI se distribuye en pequeñas dosis. A disminuir la dosis, el efecto resulta más potente, más profundo.
Cuanto más cerca están las cosas de la no existencia, más exquisitas y evocadoras resultan. Por consiguiente, para experimentar el WABI SABI hay que aflojar el paso, ser paciente, y mirar muy de cerca.

Puede hallarse belleza en la fealdad
El WABI SABI es ambivalente acerca de separar la belleza de la no-belleza o la fealdad. La belleza de WABI SABI es, en cierto sentido, el hecho de aceptar lo que se considera feo. El WABI SABI sugiere que la belleza es un acontecimiento dinámico que se produce entre uno mismo y algo más. La belleza puede aparecer espontáneamente en cualquier momento que se den las circunstancias, el contexto o el punto de vista apropiados. La belleza es pues un estado de alteración de la conciencia, un momento extraordinario de poesía y gracia.
Para los ricos comerciantes, los samurais y los aristócratas que practicaban el ritual del té, una choza de campesinos medievales japoneses, a imitación de la cual se había construido el pabellón del té WABI SABI, era un marco bastante humilde y miserable. Aunque, en el contexto apropiado, con alguna guía perceptual, asumía una excepcional belleza. De manera similar, los primeros utensilios WABI SABI eran desiguales, imperfectos y de colores turbios, poco definidos. La gente que participaba el ritual del té, acostumbrada a los niveles chinos de refinamiento, magnificencia y belleza perfecta, los percibió inicialmente como feos. Es casi como si los pioneros de WABI SABI hubieran buscado a propósito esos ejemplos de lo convencionalmente no bello -sencillo pero no excesivamente grotesco- para crear situaciones estimulantes donde se transformarían en su opuesto.

Aceptar lo inevitable
El WABI SABI es una apreciación estética de la evanescencia de la vida. El árbol exuberante del verano es ahora solamente ramas desnudas bajo cielo invernal. Todo lo que queda de una espléndida mansión son los cimientos desmoronados cubiertos de musgo y malas hierbas. Las imágenes WABI SABI nos obligan a contemplar nuestra propia mortalidad, y evocan una soledad existencial y una delicada tristeza. También provocan un alivio agridulce, ya que sabemos que toda existencia comparte el mismo destino.
El estado mental WABI SABI se comunica a menudo a través de la poesía, ya que la poesía se presta la expresión emocional y a las imágenes, enérgicas y reberverantes que parecen "mayores" que el pequeño marco verbal que la sustenta (evocando así un universo más amplio). Rickyu utilizó este poema tan repetido de Fujiwara no Teika (1162-1241) para describir el estado de ánimo WABI SABI:

Alrededor, ninguna planta en flor
Ningún destello de las hojas de arce,
Únicamente una solitaria choza de pescador
En la orilla a media luz
De este principio de otoño.

Algunos sonidos corrientes sugieren el sentimiento triste-bello del WABI SABI. Los lúgubres graznidos y chillidos de las gaviotas y los cuervos. El desesperado ulular de las sirenas en la niebla. Los lamentos de las ambulancias haciendo eco a través de los cañones que forman los edificios de una gran ciudad.

Percibir el orden cósmico
El WABI SABI sugiere los reinos más sutiles y toda la mecánica y dinámica de la existencia, mucho más allá de lo que nuestros sentidos corrientes pueden percibir. Estas fuerzas primordiales son evocadas en todo lo WABI SABI del mismo modo que los mandalas hindús o las catedrales medievales europeas fueron construidas para trasmitir emocionalmente sus respectivos esquemas cósmicos. Los materiales de los que están hechas las cosas WABI SABI sacan a la luz estos sentimientos trascendentales. El modo en que el papel de arroz transmite la con un brillo difuso. La forma en que la arcilla se agrieta al secarse. La metamorfosis del color y la textura del metal cuando se deslustra y oxida. Todo esto representa las fuerzas físicas y las profundas estructuras que son la base de nuestro mundo de cada día.

Desprenderse de todo lo innecesario
El WABI SABI implica pisar levemente planeta y saber valorar lo que se encuentra, aunque sea una pequeñez, en el momento en que se encuentra. "Pobreza material, riqueza espiritual" es el lema WABI SABI. En otras palabras, el WABI SABI nos enseña cómo acabar con nuestras preocupaciones por el éxito (riqueza, estatus, poder y lujo) y disfrutar de una vida sin trabas.
Obviamente, llevar una vida simple WABI SABI requiere algunos esfuerzos y también algunas decisiones difíciles. El WABI SABI reconoce que es tan importante saber cuando elegir, como saber cuando "no" elegir: dejar que las cosas ocurran. Incluso en el nivel más austero de existencia material, seguimos viviendo el mundo de cosas. El WABI SABI versa precisamente sobre el delicado equilibrio entre el placer que nos proporcionan las cosas y el placer que conseguimos a liberarnos de ellas.

Centrarse en lo intrínseco e ignorar la jerarquía material
El comportamiento prescrito para la sala del té WABI SABI es una clara expresión de los valores WABI SABI. Primero, como acto simbólico de humildad, todo el mundo se agacha o gatea para entrar en la sala de té a través de una entrada pequeña y baja diseñada a propósito. Una vez dentro, el ambiente es igualitario. No se acepta ningún pensamiento jerárquico: "esto es más alto/mejor, esto es más bajo/peor". El estudiante pobre, el empresario rico, y el poderoso líder religioso -clases sociales diferenciables en el exterior- son iguales en el interior. Del mismo modo, para un observador sensible, las cualidades esenciales de los objetos en el interior de la sala del té resultan evidentes o no lo son. Las ayudas convencionales para discernir, como el origen o los nombres de los autores de los objetos, no son de importancia WABI SABI. La jerarquía normal del valor material relacionado con el coste también se deja de lado. Barro, papel y bambú tienen, de hecho, más cualidades/valor intrínseco WABI SABI que el oro, plata y los diamantes. En el WABI SABI no existe el concepto "valioso" ya que éste implicaría el de "no valioso". Un objeto obtiene el estado WABI SABI sólo durante el momento en que se aprecia como tal. Por lo tanto en la sala del té las cosas existen sólo cuando expresan sus cualidades WABI SABI. Fuera de la sala del té, vuelven a su realidad ordinaria, y su existencia WABI SABI se extingue.

Sugieren el proceso natural
Las cosas WABI SABI son expresiones de tiempo congelado. Están hechas de materiales que son visiblemente vulnerables a los efectos del tiempo en el trato humano. Registran el sol, el viento, la lluvia, el calor y el frío en un lenguaje de decoloración, óxido, deslustre, manchas, torsión, contracción, marchitamiento y grietas. Sus mellas, muescas, rozaduras, arañazos, abolladuras, desconchados y otras formas de desgaste son testimonio de su uso y abuso. Aunque las cosas WABI SABI puedan estar a punto de desmaterializarse (o materializarse), son extremadamente sutiles, frágiles o desecadas. Todavía conservan un carácter fuerte y un equilibrio sin merma.

Irregulares
Las cosas WABI SABI son indiferentes al buen gusto convencional. Como que ya sabemos cuáles son las soluciones "correctas" del diseño, el WABI SABI nos ofrece solícitamente las soluciónes "equivocadas". Como resultado, las cosas WABI SABI a menudo parecen raras, deformes, poco manejables, o lo que mucha gente consideraría feas. Las cosas WABI SABI pueden manifestar los efectos de un accidente, como un cuenco roto pegado de nuevo. O pueden mostrar el resultado de dejar que las cosas ocurran por casualidad, como los tejidos irregulares creados al sabotear intencionadamente el programa de ordenador de un telar.

Íntimas
Las cosas WABI SABI son generalmente pequeñas y compactas, discretas y orientadas hacia dentro. Indican: acercarte, toca, relaciónate. Inspiran una reducción de la distancia física entre una cosa y otra; entre las cosas y la gente.
Los sitios WABI SABI son pequeños y recluidos, entornos privados que intensifican la propia capacidad para la reflexión metafísica. Por ejemplo, las salas de té WABI SABI pueden tener menos de 30 metros cuadrados de superficie. Tienen techos bajos, ventanas pequeñas, entradas minúsculas y una iluminación muy tenue. Son tranquilas y relajantes, envolventes y uterinas. Son un mundo aparte: ningún lugar, cualquier lugar, todos los lugares. Dentro de la sala de té equilibrios, como en todos los sitios WABI SABI, cada uno de los objetos parece aumentar su importancia en proporción inversa a su tamaño real.

Sin pretensiones
Las cosas WABI SABI tienen un aspecto inevitable y sin afectación. No proclaman "soy importante" ni requiere ser el centro de atención. Son modestas y sin pretensiones, pero no carecen de presencia o discreta autoridad. Las cosas WABI SABI coexisten fácilmente con el resto de su entorno.
Las cosas WABI SABI se aprecian sólo mediante el uso y el contacto directo; nunca se encierran en un museo. Las cosas WABI SABI no necesitan confirmar su estatus o la validación de la cultura de mercado. No necesitan documentación de procedencia. Su cualidad de WABI SABI no depende en ningún caso del conocimiento de los antecedentes del creador o de su personalidad. De hecho, es mejor que el creador no sea conocido, que sea anónimo o invisible.

Toscas
Las cosas WABI SABI pueden parecer toscas y sin refinar. Generalmente se hacen con materiales que poco antes se encontraban en su estado original, dentro o sobre la tierra, y son ricas en texturas rugosas y sensaciones táctiles ásperas. Su cualidad artesana puede ser imposible de percibir.

Turbias
Las cosas WABI SABI tienen una cualidad vaga, desdibujada o atenuada -tal como les pasa a las cosas cuando se acercan a la nada (o provienen de ella). Lo que habían sido aristas cortantes se transforman en superficies suavemente romas. Lo que había tenido una materialidad substancial parece casi como esponjoso. Lo que habían sido colores intensamente brillantes se diluyen en tonos terrosos o en los matices difuminados del alba y el crepúsculo. El WABI SABI se presenta en un espectro infinito de grises: marrón, gris azulado, negror grisáceo, rojizo-plateado, índigo amarillo-verdoso... Y marrones: azul negroso con un matiz marrón oscuro, verdes apagados... Y negros: negro rojizo, negro azulado, negro marrónoso, negro verdoso...
Menos a menudo, las cosas WABI SABI pueden también aparecee en colores claros, casi pastel, asociados a un reciente surgimiento desde la nada. Como los no-blancos del algodón sin blanquear, el cáñamo o el papel reciclado. La raya plateada de los brotes y los árboles jóvenes. Los verdes-marrónosos de las yemas tumescentes.

Simples
La simplicidad está en la esencia de las cosas WABI SABI. La nada, obviamente, es la simplicidad máxima. Pero antes y después de la nada, la simplicidad no es tan simple. Parafraseando a Rickyu, la esencia de WABI SABI, tal como se expresan el ritual del té, es la simplicidad en sí misma: ir a por agua, recoger ramas, hervir el agua, preparar el té, y servir los demás. Los detalles adicionales, sugiere Rickyu,

q
uedan a la invención de cada cual.
¿Pero cómo ejercitar la contención que la simplicidad requiere sin pasar a una austeridad ostentosa? ¿Cómo fijarse en todos los detalles necesarios sin ser excesivamente rebuscado? ¿Cómo lograr la simplicidad sin inducir al aburrimiento?
La simplicidad de WABI SABI, probablemente, queda mejor definida como el estado de gracia al que llega una inteligencia sobria, modesta y sinceramente sensible. La estrategia principal de esta inteligencia es la economía de medios. Ir reduciendo hasta la esencia, pero sin quitarle la poesía. Mantener las cosas limpias y sin estorbos, pero sin esterilizar (las cosas WABI SABI son emocionalmente cálidas, nunca frías).
Generalmente esto implica una paleta de materiales limitada. También significa mantener los rasgos llamativos al mínimo. Pero no significa eliminar el velo invisible que de alguna manera une los elementos en un todo con sentido. Tampoco significa de ningún modo disminuir el "interés" de algo, la cualidad que nos fuerza a mirar éste algo una y otra vez.



jueves, 27 de agosto de 2009

Jan Švankmajer "food"

Con un guión original que data de 1970, esta espectacular pieza está dividida en Desayuno, Almuerzo y Cena, estructura que le permite graficar tres niveles de narrativa y significación. Desde el fast food a la cena de lujo -que contados checos podían permitirse-, todos los personajes sienten Hambre y ninguno puede ocultar el hecho de que comer dentro del “sistema” implica alguna forma de antropofagia.A Jan Svankmajer le gusta experimentar.
Sus películas animadas le sirven como un terreno no explorado, que le invita a descubrir algo nuevo y a realizar lo no realizado. El material fílmico le posibilita experimentar a numerosos niveles, basándose en la combinación de la animación, de los trucos y de los artistas. Mezcla el humor y la sátira con el misterio y el espanto.
La imaginación de Jan Svankmajer parece no tener límites. En sus películas nada es imposible. Los cajones devoran a seres humanos y los ojos deambulan por las calles. Objetos de uso cotidiano como el tenedor o la silla adquieren vida y se transforman en sujetos activos que alternan la interpretación de un personaje muchas veces ausente.






miércoles, 29 de julio de 2009

Nushu, lenguaje de mujeres

La última hablante del Nushu -único lenguaje del mundo hablado exclusivamente por mujeres- fue Yang Huanyi, la viuda de un granjero, muerta a los 98 años el 23 de septiembre pasado. La primera habría sido una de las concubinas de un emperador.

Hace 1700 años, las mujeres chinas carecían de educación formal y vivían sometidas en casa de sus padres y luego en casa de sus maridos. Expulsadas del idioma de los hombres, deciden inventar un idioma propio, el Nushu, que en chino quiere decir escritura de mujeres.

Esta respuesta genérica ante la exclusión se expandió en redes afectivas, acuerdo entre madres e hijas, entre amigas, vínculos más fuertes que la sangre misma. "Hermandades Juradas" que repartieron los mensajes cotidianos, las emociones, los deseos y los sueños que vivían a diario las campesinas analfabetas, las mujeres sometidas.

El Nushu, que muchas mujeres aprendían siendo niñas, fue utilizado principalmente para la creación de las "Cartas del tercer día", unos folletos escritos sobre tela en los que las mujeres transmitían consejos a sus hijas sobre el matrimonio. Eran enviados tres días después de la boda. Recogían, a modo de enseñanza complaciente para la novia inexperta, canciones cifradas en dicha lengua, con sueños, esperanzas y sentimientos compartidos por otras mujeres. La vida de las casadas era difícil, porque eran obligadas a abandonar su aldea de nacimiento, sus amistades, y partir a la comunidad de su futuro esposo, alguien que nunca habían visto y con quienes debían pasar el resto de sus vidas.

Desde que en 1998 fue descubierto este lenguaje secreto por una profesora china, muy poca documentación ha podido ser recuperada, pues era costumbre que las mujeres muertas se llevaran a la tierra o a la ceniza todo aquello que había sido parte de su naturaleza rutinaria. Uno de estos documentos rescatados dice: "Los hombres se atreven a salir de casa para enfrentarse al mundo exterior, pero las mujeres no son menos valientes al crear un lenguaje que ellos no pueden entender". Huanyi, la última mujer que habló esta lengua, afirmaba: "Hizo nuestras vidas mejores, porque nos ofreció un modo de poder expresarnos".

Además de componer las certidumbres del ajuar, el Nushu era utilizado en abanicos y bordados, en los cuales se han encontrado, a modo de diarios íntimos, reflexiones y miedos, descripciones de hechos cotidianos y correspondencia. Incluso algunas palabras eran grabadas en las delicadas palmas de sus manos. En 1949, tras la purga que significó la revolución china, y al recelar las autoridades de unos trazos inentendibles, tacharon esas fórmulas de "lenguaje de brujas" y las participantes de este código fraterno fueron perseguidas.

Las mujeres de la comarca de Jiangyong, provincia de Hunan, lugar de origen del Nushu, mostraban mayor autonomía y nivel cultural que otras mujeres chinas.

Se propagó esta forma idiomática a otras franjas del sur de China, por lo que contrae influencias de sistemas de escritura de la milenaria civilización Yin, en la zona de la cuenca del Yangtsé. Muchos de sus caracteres eran más estilizados, graciosos y personalizados que los del mandarín. El desaparecido idioma de mujeres contaba con unas 1500 a 2000 palabras.

Con el paso del tiempo fue desapareciendo esta espontánea camaradería femenina, hasta sucumbir el Nushu con la muerte de Yang Huanyi. Por eso el gobierno oriental se está esforzando en recuperar los pocos indicios que dejaron esas mujeres, como si cada una de ellas fuera una flor de un lenguaje que ha legado su perfume.

Y es que ellas ya son parte del ajuar de la tierra.

Bien, pues resulta que bruno galindo, ese escritor, critico, periodista y musico de spoken word (lo recordamos con ese disco spoken word donde participo con jose maria ponce, carlos ann y bunbury, en los poemas de leopoldo maria panero) bien, pues en este proyecto habla sobre el lenguaje nushu, lenguaje unico que de las mujeres chinas inventaron al ser relegadas por una sociedad china que las excluia de la educacion, bien disfrutemos de estos videos:







miércoles, 22 de julio de 2009

el gato negro de edgar allan poe

este fue el primer relato de allan poe que lei y que desde luego me impresiono hace ya muchos años de esto.... no mas de cinco años..... pero bueno se los comparto esperando les pueda agradar si nunca lo han leido, al final de la lectura les dejare una alternativa (un audiolibro) si no quieren leer este excelente relato de terror y suspenso.... quedan advertidos:




No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

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y si aqui la alternativa si no quieren leerlo pueden escucharlo en formato de audiolibro de este excelente relato, bueno les dejare mas bien una pagina muy interesante donde podran descargar varios audiolibros, solo tienen que registrarce y listo...... bueno les dire que ademas esta pagina es una revolucion en internet, por que los relatos no son contados por profesionales y tampoco cuesta ni un solo centavo descargar los archivos de audio, por que ocurre que cada uno de los usuarios puede subir su propio relato gravado con su voz, por esta razon si alguno de ustedes quiere participar.... (no todos los relatos tienen al mejor narrador vocalmente hablando, pero la iniciativa se agradece)

aqui el enlace a la pagina: http://www.leerescuchando.net/audiobks.php?Letter=E

bien ahora les dire que aqui esta el audiolibro si no quieren leer tanto texto:


juan luis panero

el otro panero que me faltaba colocar (es decir de los tres hermanos, leopoldo maria y de michi) y por supuesto juan luis, y entre otros mas que me faltan por colocar, por ejemplo el padre de los tres el poeta leopoldo panero y su tio juan panero poeta tambien, y que decir de su madre felicidad blanc, como veran los panero no son una familia comun como son mostrados en las peliculas que protagonizan "el desencanto" y "despues de tantos años", pero ahora le toca el turno a la poesia de juan luis panero que vivio un largo tiempo en mexico:

Poeta español. Hijo del poeta Leopoldo Panero y de la escritora Felicidad Blanch, comenzó las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, pero no llegó a acabar ninguna de las dos. Más tarde se marchó a París y Londres, ciudades en las que estudió Literatura y Lengua francesa e inglesa. Viajó por Europa, Oriente Medio, norte de África, Estados Unidos y México. En este último país residió y trabajó para una editora norteamericana.

Su primer poemario fue A través del tiempo (1968), en el que se apartó de la retórica culturalista imperante para reflexionar con amargura y pesimismo sobre la propia experiencia individual. Posteriormente dio a conocer Los trucos de la muerte (1975), Desapariciones y fracasos (1975) y Testamento del náufrago (1983). Con Juegos para aplazar la muerte (1984), primera antología de sus versos, ocupó un lugar destacado dentro de la nueva generación de poetas. Publicó también Antes que llegue la noche (1985), Galería de fantasmas (1988), Los viajes sin fin (1993), y Enigmas y despedidas (1999). Junto con la experiencia amorosa y el paso del tiempo, el suicidio es uno de los temas principales de su poesía.

Y si, ahora una antologia poetica que eleji de varios poemas excelentes de juan luis panero:


vals en solitario

Extraño ser y extraño amor, tuyo y mío,
absurda historia, delirantes imágenes,
remotos pasajeros en un tren sin destino,
compañeros entonces, unidos y tan lejos,
al filo de la vida, donde duerme el silencio.

Suene por ti, interminable, un vals,
suenen por ti, incansables violines,
suene una orquesta en el salón enorme,
suenen tus huesos celebrando tu espíritu.

Una copa de tallado cristal, alzada al cielo,
brinde por tu azul adolescencia disecada
y madera y metal festejen tu retrato
de borrosa figura y suave pelo oscuro.
Suene, suene hasta el fin el largo trémolo,
la delicada melodía, vagarosas nubes de pasión
bañando de alegres lágrimas tus ojos imposibles,
dibujando en tus labios un deseo perdido,
entrega fugitiva, besando sólo el aire.

Vals en el tiempo y en la dicha sonámbula
de la eterna alegría y la más tersa piel
riendo bajo luces de radiantes reflejos,
inmóviles estrellas en la noche fingida.

Música y sueño, sueño technicolor,
tan cursi y tonto que llena de ternura
en algunos momentos del todo indeseables
cuando vivir resulta un sueño más grotesco.

Oh amor de Mayerling y antigua Viena,
dulce Danubio y fuegos de artificio.

Oh amor, amor al amor, que te conserva
como un oculto talismán y mariposas disecadas.

Extraño ser, extraño amor, extraña vida tuya.

Una gota de sangre en una gota de champagne,
el ruido de un disparo irrumpiendo en la música,
un helado sudor tras las blancas pecheras,
no podrán detenerte, hacer cambiar tu paso.

Tú seguirás, sobre ti misma, bailando siempre,
soñando siempre, soñando enloquecida,
aunque caigan, con estruendo de cascote y tierra,
los decorados techos, las gráciles arañas,
y rasguen lentamente tu rostros los espejos
y en un quejido mueran las cuerdas y sus notas.

Tú seguirás, eternamente sola y desolada,
girando entre las ruinas, evocando otras voces,
sonriendo a fantasmas con tímida esperanza,
en helados balcones abrazada a tus brazos.

Verás borrar la noche, su temblor inconstante
y otra luz, turbia luz, iluminar tu reino.

Su terquedad cruel descubrirá las ruinas
y la verdad del tiempo detrás de tus pupilas.

Pero tú seguirás sin detenerte nunca,
fantasma ya tú misma en el gris de la sombra,
altiva la cabeza sobre el cuello intocable,
girando para siempre, bailando para siempre,
frente a la sucia realidad de la muerte,
frente a la torpe mezquindad de los hechos.

Tú seguirás, extraño ser, extraño amor,
danzando sola, escuchando impasible
ese vals de derrota, extraña magia,
ese vals de derrota, tu más cierta victoria.


a la mañana siguiente

Éste es el corrido del caballo blanco
que en un día domingo feliz arrancara.

José Alfredo Jiménez

Sólo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
—por vez primera había afirmado su existencia—,
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después —una extraña sonrisa dibujaba sus labios—
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.


autobiografia

Una casa vacía, otra derrumbada,
un niño muerto al que le cuentan cuentos,
despedidos fantasmas que se desvanecen,
ceniza y hueso, piedras derrotadas.
Cuartos alquilados, repetidos espacios fugaces,
las huellas de los cuerpos en las sábanas,
una pesada resaca sin destino,
voces que nadie escucha, imágenes de sueños.
Innecesarias páginas, gaviotas en la ventana,
mar o desierto, blancos despojos,
signos y rostros en la pared de la memoria.
Sucias pupilas de sol en México, tercos
los ojos redondos de la calavera
contemplan pasado, presente, futuro,
sombras tenaces, metáforas gastadas.
Miro sin ver lo que ya he visto,
humo disforme que se esfuma,
invisible mortaja bajo nubes fugaces.
Humo en la noche y la nada instantánea.


constantinopla

Olor acre de axilas depiladas, de pefume pasado de rosas, de estiércol pisoteado de caballos.

Sé, me lo han contado, que las murallas de la ciudad ya no pueden resistir al infiel. Todas las defensas han fracasado.

El pobre emperador, nuestro bien amado Constantino XI, intenta inútilmente salvar la ciudad de su nombre, pactar con el enemigo, firmar desesperados tratados de paz. Pero todo, lo sé, es completamente inútil.

Escucho griterío de mujeres, carreras enloquecidas, golpes de puertas, aullidos de la soldadesca, mandobles y agonías, eructos de borrachos.

Aún podría escapar, ocultarme en el húmedo sótano disimulado, como aquella otra vez. Pero ahora todo está perdido. Sé bien que esto es el fin.

Salgo a la calle, maldiciones, estruendo, sollozos, humo pestilente.

En la hoja, con gotas de sangre, de un alfanje afilado, miro, tercamente, por última vez, el rostro de este pobre pecador abandonado.


el hombre invisible

Se mira en el espejo que ya no le refleja,
todo, menos él, aparece en la fría superficie,
la habitación, muebles y cuadros, la variable luz del día.
Así aprende, con terror silencioso, a verse,
no en los gestos teatrales —aún rasgos humanos— de la muerte,
sino en los días de después, en el vacío de la nada.
Inútil cerrar los ojos, estúpido romper el terco espejo,
buscar otro más fiel o más amable.
Es él sólo, el hombre invisible, el que desaparece,
es sólo él, una huella borrada,
que no contempla a nadie, porque es nadie,
la nada en el cristal indiferente de la vida.


el poeta y la muerte

Y aunque la vida murió,
nos dejó harto consuelo
su memoria.

Jorge Manrique

Si como afirma Borges todos los hombres
son el mismo hombre, aurora y agonía,
y poco importan sus nombres y sus rasgos,
yo quisiera —olvidando la anécdota banal de mi destino—
buscar en otro rostro a ese único hombre,
otra sombra, otro sueño mejor, igualmente perdido.

Un caballero dispone sus armas,
sus escuderos ajustan la armadura,
se coloca el yelmo, sujeta con firmeza el escudo,
la luz de la mañana es un reflejo metálico del sol,
el tiempo se ha detenido en las gualdrapas del caballo.
Todo esto ocurre en 1479 y aún sigue ocurriendo
frente a las almenas del castillo de Garci-Muñoz.

El caballero blande su espada
en defensa de su lealtad y de su reina,
aún no sabe que su destino termina allí,
en el campo de Calatrava, que no verá otro día.
Entre rasgar de flechas y cascos de caballos,
oliendo a tierra seca y sangre sucia,
quizá recuerde el nombre de Guiomar de Castañeda
y piense, con justicia o con odio, en su enemigo,
el marqués de Villena que le aguarda.
Estruendo de hierro, crujido de huesos, carne desgarrada,
las huestes innumerables, pendones y estandartes y banderas,
los castillos impunables, los muros, baluartes y barreras.
Ha caído la noche sobre el campo arrasado,
la mano que sujetó una lanza, una pluma, un cuerpo de
mujer,
está quieta, su mundo se ha borrado,
mientras se escuchan maldiciones y lamentos.
Ahora la muerte le atierra y le deshace.
Si todos los hombres somos el mismo,
elijo, pues es igual uno que otro,
aquel rostro en un campo de batalla,
la máscara del último rictus de su agonía,
el eco de sus palabras que aún se escucha,
un reflejo más digno de la tierra y la nada.


luis cernuda

En Madrid, donde me dieron la noticia de tu muerte,
en Sevilla, años después, en una extraña primavera,
en Londres, repitiendo tantas veces
el sonido de tu voz, el roce de tu mano.
En New York, mirando caer la nieve
—junto a aquel cuerpo que tanto quise—,
y en México, bajo la lluvia, frente a la piedra rajada,
que nada guarda sino tu nombre y la ceniza de un recuerdo,
has estado conmigo, fantasma de un fantasma.
Y esta tarde de Roma —en la casa en que muriera Keats—,
bajo la luz transparente de principios de otoño,
he vuelto a sentir, casi un temblor, tu presencia,
la terca pasión de tu memoria,
algo remoto y familiar como tu fotografía.
Que esa presencia, esa memoria me acompañen
hasta el día en que sean reflejo fiel,
testimonio inútil de un sueño derrotado
y una mano cierre mis ojos para siempre.


memoria de la carne

Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban con una sosegada plenitud.
De quien así, ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo allí, en la perdida frontera de los catorce años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.


pierre drieu la rochelle divaga frente a su muerte

Al final pienso que tenía razón
—todo el absurdo tinglado del poder,
el cuchillo implacable de la inteligencia,
las sórdidas, políticas palabras,
los arañados proyectos imposibles—,
sí, tenía razón ese día. Me acuerdo bien
cuando pensé, echado junto a ella,
que lo único real era una buena puta,
una piel cálida, unos labios silenciosos, unas manos
expertas,
en aquel burdel cerca Neuilly, al amanecer.
Por eso, porque creo que tenía razón, soy más culpable
—libros, declaraciones, ideas, lealtades,
el secreto de todo, el revés de la nada—,
cuánto tiempo perdido para llegar a esto,
para recordar, ya sin solución, sus largos muslos,
el sabor espeso de su boca, los rosados pezones.
Llegaba una luz gris sobre la cama,
sobre su culo memorable, inmóvil,
sí, tenía razón, aquella puta
cuyo nombre nunca supe o tal vez he olvidado,
el humo de un cigarrillo, eso es todo, yo tenía razón,
y si no la tenía, ¿qué importa ahora?


que bien lo hemos pasado

Terribles son las palabras de los amantes,
aunque estén bañadas de falsa alegría,
cuando llega la desolada hora de la separación.
Fuera la lluvia galopa tercamente
y su eco retumba tras la ventana.
Los poderosos pájaros de la dicha
un breve instante anidaron en sus brazos
y dorados plumajes cubrieron los cabellos
que ahora sudor y hastío sólo guardan.
La estatua que quiso ser eterna
herida de reproches tiembla y cae.
Ya el combate de anhelo ha terminado
y húmedos restos las sábanas acogen.
Hombre y mujer en traje y documento
ceremoniosamente se despiden.
Sus manos por costumbre se enlazan
y banales sonrisas desfiguran sus labios.
Terribles son las palabras de los amantes
cuando llega la desolada hora de la separación.
Esqueletos de amor buscan nuevo refugio
y un jirón de ternura cuelga del viejo y gris perchero.


alberto giacometti

Avanzan solos gris andrajo de nubes
gris pesadilla bronce herido llamaradas grises
terco pedernal de fantasmas
tierra terracota mineral
insomnes avanzan furor helado
bronce herrumbre ira petrificada
cuerpos sombras sombras cuerpos
ballet de muerte astillas de sueños
avanzan solitarios remotos
ciegos árboles andando atraviesan
puertas piedras palabras
plata roñosa paredes de espejos
lágrimas sin ojos avanzan
reclaman mendigan sueñan
otro infierno distinto
otro infierno


otro.

y por ultimo en este corto video extraido de la pelicula "el desencanto" juan luis muestra sus fetiches: